Escribir humor en la narrativa
Quien cuenta un chiste en voz alta tiene el tono, las pausas, la expresión de la cara. Quien escribe solo tiene las palabras, en el orden en que las coloca. Por eso el humor es una de las cosas más difíciles de lograr en la página, y una de las más apreciadas cuando sale bien. No hace falta escribir una novela cómica: incluso un libro dramático gana mucho con algún momento que arranque una sonrisa.
El contraste
Casi todo el humor narrativo nace de un contraste:
- entre expectativa y realidad: el lector espera una cosa y llega otra;
- entre tono y contenido: contar una catástrofe con la calma de un acta, o una tontería con la solemnidad de una epopeya;
- entre personaje y situación: el maniático en medio del caos, el tímido obligado a dar un discurso.
Cuando intentes que un pasaje resulte gracioso, pregúntate dónde está el contraste y cómo hacerlo más nítido.
El ritmo y la palabra final
En la página, el tiempo cómico lo decide la construcción de la frase. La regla más útil: la palabra que hace reír va al final. Si la sorpresa llega a mitad de frase y la frase continúa, el efecto se dispersa.
Llevaba semanas preparando el discurso, lo había ensayado delante del espejo, se sabía cada pausa. Luego se levantó, y el micrófono no estaba encendido.
La brevedad y la limpieza importan: un chiste explicado o alargado muere.
El humor que nace de los personajes
Los chistes insertados por el autor se notan y a menudo envejecen mal. El humor más duradero nace de la forma en que un personaje ve el mundo: sus manías, sus convicciones exageradas, su lógica personal aplicada con coherencia a situaciones en las que no funciona.
Un personaje que se lo toma todo al pie de la letra, uno que se queja de forma elaborada, uno siempre optimista en el peor momento: los pones en una situación y el humor llega sin necesidad de chistes.
La atenuación
Una de las técnicas más eficaces en la narrativa es el tono menor: describir algo enorme con palabras mínimas.
La velada no había salido como estaba previsto. La casa, por ejemplo, ahora era más pequeña que una habitación.
El efecto nace de la distancia entre la gravedad de los hechos y la mesura de las palabras. Funciona especialmente bien con un narrador de voz seca.
Humor y drama juntos
En las novelas serias, un momento de ligereza no debilita el drama: lo refuerza. Da respiro al lector, humaniza a los personajes y hace sentir más duro el golpe cuando llega. Las personas reales bromean incluso en los peores momentos, y los personajes que lo hacen resultan más creíbles.
El riesgo es equivocarse de momento: un chiste en el centro de una escena de dolor puede romper la atmósfera, salvo que sea el propio personaje quien lo use para defenderse del dolor.
Qué evitar
- Explicar el chiste, aunque sea con un "se rio con ganas" después.
- Acumular chistes uno tras otro: el lector se cansa y deja de reír.
- Humor que menosprecia a los personajes sin cariño: el lector percibe el desprecio del autor.
- Referencias demasiado ligadas al momento, que dentro de unos años nadie entenderá.
Preguntas frecuentes
¿Se puede aprender a escribir con humor?
En buena parte, sí. El humor en la página es sobre todo técnica: contraste, ritmo, economía de palabras. La sensibilidad cuenta, pero el trabajo de revisión sobre las frases marca una gran diferencia.
¿Cómo sé si un pasaje es de verdad gracioso?
Reléelo al cabo de unos días, cuando ya no recuerdes el chiste. Si no te hace sonreír, probablemente tampoco hará sonreír al lector. Un lector externo es también una buena prueba, siempre que no le digas que tenía que ser gracioso.
¿El humor se traduce bien?
El que nace de las situaciones y los personajes, sí; el que se basa en juegos de palabras, mucho menos. Si piensas en lectores de otras lenguas, apuesta por el primero.