Metáforas y símiles en la prosa narrativa

· Roberto Sirolo · 3 min de lectura

"El corazón le latía como un tambor." Un símil así no está mal, pero no hace ver nada: el lector lo ha leído cien veces y su mente se lo salta. En el extremo opuesto, una prosa en la que cada frase contiene una imagen elaborada cansa y distrae. Las figuras retóricas en la narrativa son una herramienta potente, y precisamente por eso hay que dosificarlas con cuidado.

Para qué sirven

Una metáfora o un símil logrado hace dos cosas a la vez: hace ver algo con precisión y dice algo de quien mira. "La sala de espera tenía la alegría de un acuario apagado" describe la luz, el silencio, la inmovilidad y también el estado de ánimo de quien la observa.

Si una imagen no añade precisión ni significado, es decoración.

El enemigo: el cliché

Las imágenes gastadas ya no evocan nada: blanco como la nieve, frío como el hielo, ojos como estrellas, lágrimas como perlas. El lector las reconoce y no las ve.

Una forma de salir es preguntarse cómo lo diría este personaje, en esta situación. Un mecánico, una enfermera o un niño de siete años no compararían lo mismo con las mismas imágenes.

La imagen nace del punto de vista

Las figuras retóricas más eficaces vienen del mundo del personaje que narra. Un campesino que mira el cielo antes de una tormenta puede verlo "del color del trigo podrido"; un piloto lo vería de otra forma. Cuando la imagen es coherente con quien mira, refuerza la voz; cuando es la imagen brillante del autor puesta en boca de un personaje que nunca la habría pensado, desentona.

Metáforas mezcladas

Un error frecuente es combinar dos imágenes incompatibles en la misma frase: "El proyecto era un barco que levantaba el vuelo". El barco y el vuelo chocan y el lector, en lugar de ver, se detiene a preguntarse qué está pasando. Si usas una metáfora, llévala adelante de forma coherente o ciérrala antes de abrir otra.

Cuántas y dónde

No hay una regla numérica, pero algunos principios ayudan:

  • menos en los momentos de acción: en plena escena rápida, una imagen elaborada frena;
  • más en los momentos de pausa: la descripción, la reflexión y la espera admiten una imagen fuerte;
  • nunca en serie: tres símiles seguidos se anulan entre sí;
  • una fuerte vale más que tres correctas.

¿Símil o metáfora?

El símil declara la comparación ("como", "parecido a"); la metáfora la sobreentiende. La metáfora es más compacta y audaz; el símil, más claro y suave. Ninguno es superior: la elección depende del ritmo de la frase y de lo insólita que sea la imagen. Cuanto más inesperada, más ayuda un símil a que el lector la siga.

En la revisión

Al releer, subraya todas las figuras retóricas de un capítulo y pregúntate por cada una: ¿la vería si la leyera en el libro de otro? ¿Me dice algo nuevo? ¿La pensaría el personaje? Las que no superan las tres preguntas suelen poder quitarse sin perder nada, y la prosa se vuelve más limpia.

Preguntas frecuentes

¿Una prosa sin metáforas es pobre?

No. Muchos autores escriben de forma sobria, con muy pocas figuras retóricas, y logran una gran fuerza. La calidad de la prosa está en la precisión, no en la cantidad de imágenes.

¿Puedo usar un cliché a propósito?

Sí, si lo usa un personaje, quizá en un diálogo, y dice algo de él. Un cliché en boca de un personaje banal lo caracteriza; en la voz del narrador, en cambio, lastra la prosa.

¿Cómo encuentro imágenes originales?

Mirando las cosas con atención concreta: cómo es de verdad la luz, el sonido, la textura. Las imágenes nuevas nacen de la observación precisa, no del esfuerzo por ser original a toda costa.

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